La necesidad de pensar en el largo plazo

 

Inmersos como estamos en el tsunami que está suponiendo la pandemia del coronavirus se suceden las noticias, nuevas cifras, medidas que los gobiernos ponen en marcha y los intentos de previsión sobre las implicaciones económicas de la pandemia.

Llama la atención la aparente falta de coordinación y la divergencia de respuestas de los países. Parece que los diferentes gobiernos se miran unos a otros para tratar de copiar qué ha hecho el vecino, pero no responden a un criterio único y aplicado de manera uniforme. El ejemplo es Reino Unido, que ha reaccionado tarde para acabar implementando medidas similares a las de otros países pero que tampoco son iguales, como demuestran las imágenes recientes del metro de Londres, abarrotado como si de un día cualquiera se tratara y, en Estados Unidos, las medidas varían entre estados. En Europa, poco parece que hemos aprendido de la última crisis. Se encadenan los debates para acordar cómo reaccionar, no hay una solución conjunta (aunque sí se están movilizando medidas de apoyo) y de nuevo, cada país debe buscar su propia solución, con el Banco Central Europeo tratando de ser la fuerza de contención.

Nos enfrentamos a una crisis global, que afecta a todos los países por igual, aunque no todos tienen la misma capacidad de respuesta y, sin embargo, no se está respondiendo de manera coordinada y aunando esfuerzos. No parece que los dos principales líderes tecnológicos y mayores potencias económicas del mundo, que todavía mantienen una pugna de aranceles y guerra comercial (con una tregua diluida en enero), estén viendo cómo frenar esta situación de manera global. Como añadido, el precio del petróleo ha caído a mínimos históricos en parte debido a la disputa entre Rusia y Arabia Saudita, por si la situación no es ya de por sí, extremadamente grave.

Esta coordinación es necesaria por la magnitud del impacto y las repercusiones económicas que está teniendo y tendrá la crisis en los próximos años. Las previsiones van desde lo horrible a lo catastrófico. Los datos de desempleo de marzo aquí en Navarra y España ya han anunciado el efecto de apenas 15 días de parón de la actividad económica. Las cifras de los índices de gestores de compras (un indicador que se utiliza como medida adelantada de cómo va a ir la economía) de marzo reflejan una caída record de la actividad comercial en el sector servicios en España como consecuencia del desplome de la demanda y la actividad. El índice de marzo registró un valor de 23, mínimo histórico, desde el valor de 52 (expansión) en febrero (valores por debajo de 50 reflejan una contracción de la actividad). Estados Unidos ha aprobado un plan de dos trillones de dólares, equivalente al 10% de su PIB (que quizá no sea único) para hacer frente a las consecuencias económicas de la crisis, lo cual da una idea del impacto esperado, que sumirá la economía global en recesión en 2020.

Está claro que la economía global se transformará en el medio plazo. La crisis del coranavirus se ha convertido en un elemento de mucho peso en la transformación (¿proceso de desglobalización?) que desde hace unos años comenzaba a experimentar la economía y el comercio mundial. ¿Cómo será la “nueva globalización”? llevará a una mayor coordinación y la recuperación del multilateralismo, a acercar a “viejos enemigos” o supondrá un refuerzo de las tendencias proteccionistas que comenzaron a cobrar fuerza desde 2016? Esta crisis está sirviendo para elevar las voces de los que defienden el proteccionismo, las más críticas con la globalización, la apertura, el europeísmo, o lo que es lo mismo, la integración. La vulnerabilidad de las cadenas de valor globales ha quedado claramente expuesta, por su conexión y dependencia de mercados lejanos, especialmente China. ¿Supondrá esto un gran cambio y transformación de las cadenas productivas? ¿Produciremos localmente para abordar un mercado que, por otra parte, seguirá siendo global? Esta puede ser una gran oportunidad para reforzar el mercado único europeo, con gran capacidad tecnológica, cercano y con un marco normativo y legislativo común. En las últimas décadas la apertura de nuestros mercados y la reducción de barreras han resultado claramente beneficiosas para las economías europeas y seguir apostando y defendiendo la apertura (aprendiendo, eso sí, de las lecciones del pasado) tiene que ser uno de los retos de este siglo, junto al empleo, la garantía de rentas, la transición energética o la digitalización.

En lo inmediato, y una vez aliviada la urgencia de la saturación hospitalaria y puntos críticos como las residencias de mayores, hay que valorar la recuperación de la actividad económica lo antes posible. Hay que prepararse para que, si la curva de contagios vuelve a crecer, la respuesta no pase por parar el país un mes (o más). Otros países como Taiwán o Corea del Sur están consiguiendo controlar la pandemia con mecanismos de control, tests masivos o medidas de aislamiento no generalizado que no lastran la economía hacia una situación que realmente nadie puede calibrar.

En definitiva, nuestra economía y el entorno social, laboral y productivo, una vez pasada la crisis de salud pública va a ser muy diferente y requerirá de medidas y acción en muchos sentidos. La colaboración público privada está demostrando ser una herramienta de gran valor en estos momentos, que debería extenderse en el futuro. En este sentido, las Cámaras de Comercio pueden jugar un papel muy importante en este nuevo marco, como entidades de derecho público, muy cercanas al tejido empresarial y que responden a los intereses generales. Todo el mundo lo dice, y no es nuevo, que nos enfrentamos a una situación extraordinaria que requiere medidas que rompan con lo hasta ahora establecido. Apostemos porque las soluciones sean también extraordinarias.

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